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domingo, 28 de agosto de 2011

La chica del box de al lado


Trabajar en un call center quema la cabeza.
Ok, la frase anterior es un lugar común, pero no deja de ser cierto. Trabajé más de un año para una multinacional dedicada a tercerizar servicios de atención al cliente. Me despertaba todos los días a las tres de la mañana dispuesto a atender reclamos, consultas y quejas de cientos de gallegos que tenían algún problema con su teléfono celular. No conozco peor público que el español. Altaneros, soberbios y malhumorados. Hablar con ellos me generaba una violencia interna que necesitaba drenar por algún lado. En aquella ocasión la oportunidad se presentó en el break de quince minutos que ocasionalmente tenía. Conmigo estaban dos chicas nuevas, muy amigas entre ellas. Una era Julieta. La otra, Agustina. Como casi de cortumbre, empezamos hablando de la última llamada. Mi última llamada había sido con (contra) una gallega particularmente mal cogida, y ante la requisitoria de referirme a esta persona mi psique aprovechó para desencadenar una catarsis durante la cual eché rosarios de putas sobre todos y cada uno de los ibéricos peninsulares, la Madre Patria en toda su extensión y el hijo de mil putas de Cristóforo que no había tenido mejor idea que venir a romper las pelotas.
Contra todo pronóstico, Agustina me miraba con fascinación.
Por aquella época yo estaba de novio. Supongo, de todos modos, que aquella relación ya no daba para mas, si bien yo trataba de rescatarla. Lo cierto es que Agustina cada vez rondaba más cerca de donde andaba yo, y yo me daba cuenta. De hecho lo fomentaba. Una madrugada quedamos sólo ella y yo en el break y ella al borde del llanto y yo que la abracé para contenerla y ella que se quedó esperando aquel beso que en ese momento, obviamente, yo no le di. Tal vez el momento clave fue el festejo de Halloween. Todos debíamos ir disfrazados para ganarnos un Churrasquito Party (no es joda) y mi disfraz consistió en mi sombrero negro y la cara maquillada de blanco y negro. Ella me ayudó a maquillarme. Alguna especie de radiación sentí entonces entre ella y yo. A la salida nos fuimos cada uno por su lado vestidos de zombie en contramano a la muchedumbre que se dirigía a Casa Rosada para darle el último adiós a Nestor K.
Esa misma semana ella dejó su número de celular en un papelito sobre el escritorio de mi box. Entonces empezó otra historia.

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