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lunes, 16 de enero de 2012

Hoy

He escrito mucho menos de lo que querría acá. Pero para desandar el camino hace falta saber donde se está parado. Lo cierto es que hoy tengo que resignarme a ser feliz. Suena cursi e ingenuo y sin embargo es crudo y descarnado. Porque a fuerza de golpes la vida me ha enseñado que la felicidad como estado no existe, que tan sólo hay breves momentos de plenitud que uno tiene que aprovechar porque son finitos, pero por sobre todo efímeros. Y heme aquí, refutando con evidencia este axioma existencial.
Sabido es que el camino es muy duro. Pero con Agustina (a quien adelante llamaré Johanna) entendimos que es posible ser feliz y no sólo estarlo. Lamentablemente son tantos los escollos a superar que uno tiende a olvidarse o hacerse el tonto, y trata por todos los medios de quitarse esa felicidad de encima, por confundirla con ceguera, estupidez o debilidad, o simplemente por tenerle miedo, como se teme ancestralmente a todo aquello que resulta desconocido.
De manera que Johanna y yo a pesar de lo que nos indica toda nuestra experiencia debimos olvidar lo aprendido y resignarnos a ser felices. Y esto que debería ser lo más gratificante del mundo, se puede convertir en un ejercicio tortuoso por obra y gracia de nosotros mismos y de quienes nos rodean.
Dicen que los verdaderos amigos se ven en las malas. Yo creo en cambio que se ven en las buenas. En el fondo es facil apiadarte de alguien que está hundido en sus propias desventuras y sobarle el lomo como a un perro lastimado. Nos hace sentir buenas personas, nos hace creernos generosos y desinteresados y por sobre todo nos hace ver que tan mal no estamos, que siempre hay un infeliz por debajo. Pero cuando vemos a ese infeliz levantarse, cuando presenciamos su despertar hasta ponerse por encima de nosotros mismos, ¿somos lo suficientemente generosos y desinteresados como para bancárnoslo? ¿Podemos soportar que un alma en desgracia se ilumine cual patito feo mientras nosotros permanecemos en la sombra? Es mucho más fácil ser compañero de desgracias que testigo de alegrías.
De todo esto nos tuvimos que hacer carne de la única manera posible: viviéndolo. Hoy somos más fuertes y estamos más golpeados, pero al final, contra el mundo y contra nuestras propias naturalezas, nos estamos dando cuenta de que no hay otra, que por mucho que nos resistamos estamos condenados y que necesariamente deberemos resignarnos a ser felices.

Y los demás que se vayan a la puta que los parió.


domingo, 28 de agosto de 2011

La chica del box de al lado


Trabajar en un call center quema la cabeza.
Ok, la frase anterior es un lugar común, pero no deja de ser cierto. Trabajé más de un año para una multinacional dedicada a tercerizar servicios de atención al cliente. Me despertaba todos los días a las tres de la mañana dispuesto a atender reclamos, consultas y quejas de cientos de gallegos que tenían algún problema con su teléfono celular. No conozco peor público que el español. Altaneros, soberbios y malhumorados. Hablar con ellos me generaba una violencia interna que necesitaba drenar por algún lado. En aquella ocasión la oportunidad se presentó en el break de quince minutos que ocasionalmente tenía. Conmigo estaban dos chicas nuevas, muy amigas entre ellas. Una era Julieta. La otra, Agustina. Como casi de cortumbre, empezamos hablando de la última llamada. Mi última llamada había sido con (contra) una gallega particularmente mal cogida, y ante la requisitoria de referirme a esta persona mi psique aprovechó para desencadenar una catarsis durante la cual eché rosarios de putas sobre todos y cada uno de los ibéricos peninsulares, la Madre Patria en toda su extensión y el hijo de mil putas de Cristóforo que no había tenido mejor idea que venir a romper las pelotas.
Contra todo pronóstico, Agustina me miraba con fascinación.
Por aquella época yo estaba de novio. Supongo, de todos modos, que aquella relación ya no daba para mas, si bien yo trataba de rescatarla. Lo cierto es que Agustina cada vez rondaba más cerca de donde andaba yo, y yo me daba cuenta. De hecho lo fomentaba. Una madrugada quedamos sólo ella y yo en el break y ella al borde del llanto y yo que la abracé para contenerla y ella que se quedó esperando aquel beso que en ese momento, obviamente, yo no le di. Tal vez el momento clave fue el festejo de Halloween. Todos debíamos ir disfrazados para ganarnos un Churrasquito Party (no es joda) y mi disfraz consistió en mi sombrero negro y la cara maquillada de blanco y negro. Ella me ayudó a maquillarme. Alguna especie de radiación sentí entonces entre ella y yo. A la salida nos fuimos cada uno por su lado vestidos de zombie en contramano a la muchedumbre que se dirigía a Casa Rosada para darle el último adiós a Nestor K.
Esa misma semana ella dejó su número de celular en un papelito sobre el escritorio de mi box. Entonces empezó otra historia.

domingo, 27 de marzo de 2011

Estado de situación

Bitácora del Capitán. Fecha estelar 27.03.2011.

Es una tarde de domingo en marzo de 2011. Ya he cumplido 36 años y posiblemente ya haya vivido la mitad de mi vida. Aquel a quién llamé "papá" por años murió a sus 51, así que tal vez el porcentaje recorrido sea mayor aún. Por otro lado, la posibilidad de tener más por detrás que por delante me brinda una cierta impunidad. Retrospectivamente veo al niño que fui, y me pregunto adonde habrá ido a parar. No lo extraño. La pasó bastante fulero mi niño cuando era niño. Te diría que ahora la pasa mejor. En aquella época el maltrato era algo bastante común. Ojo, no voy a echarle la culpa sólo a mis padres. El resto de mi familia, los chicos del barrio y mis compañeros de escuela también tienen su cuota de responsabilidad. Así mi personalidad se fue construyendo en base a un molde tímido y retraído, con una vida interna apasionante y una vida social inexistente. No es que fuera poco popular. Mi popularidad era nula.
Mi adolescencia fue mejor, pero no mucho mejor. Tal vez vuelva sobre ella en algún momento. Digamos que comencé a ser un poquito popular. No lo suficiente. Lo suficiente implicaría que alguna mina medianamente buena me diese bola, lo que de hecho nunca sucedió. Tampoco me dio bola ninguna otra, para ser sincero. Entonces me tocó la colimba, y decidí hacerla. Digo que lo decidí porque podría haber pedido prórroga, pero como al final tarde o temprano me iba a tocar dije ma' si y me entregué a las fauces del Ejército Argentino. Soy clase '75, la última clase que hizo el Servicio Militar Obligatorio. Me cago en Carrasco que no se murió un año antes. En fin, que en la colimba cobré como un hijo de puta. Entiendo que cada trompada que me morfé me hizo crecer, pero hubiese preferido quedarme chiquito. A pesar de todo, cuando terminé decidí quedarme un año más, fundamentalmente porque como cadete en Bonafide ganaba $150 menos que como soldado voluntario. No duré mucho, lo reconozco. Así que al salir de las filas verde oliva pude vivir mi época de descontrol, drogas y rocanrol. Sí, lo reconozco, el sexo seguía sin aparecer. Las consecuencias colaterales fueron que cada vez mi sistema nervioso estaba más dañado. O al menos esa fue la conclusión a la que arribé luego de despertarme a las dos de la mañana un 22 de septiembre con apenas un par de recueros difusos del 21 que incluían haber colado LSD, haber mezclado todo tipo de alcoholes y haber meado junto a un árbol a un metro y medio de una familia que disfrutaba su día de picnic en Parque Roca. Impresentable, sí. Tal vez mientras trataba de vomitar nada frente al Hospital Garrahan fue que decidí que no podía seguir con ese tipo de vida. Un año más tarde me estaba casando.
Dicho de esta manera suena como precipitado. En los hechos realmente lo fue. La conocí en el casamiento de una amiga, me enamoré y me casé a los nueve meses de empezar a salir. Y duró, eh. Posta que duró. Nueve años y diecisiete días. En el medio hubo felicidad, mudanzas, cambios, depresiones, crisis, terapias, entrevistas laborales, peleas, proyectos, lágrimas, rutina y dos hijos hermosos. Un día se acabó. ¿Y por qué? Porque un escorpión no puede con su naturaleza.
Y es que en realidad me siento así. No tengo excusas. Por el interior de mis venas corre sangre en ebullición, que tal vez pueda mantenerse calma durante algún tiempo pero tarde o temprano pide pista. Y entonces siento la necesidad urgente y primitiva de patear el tablero. Y usualmente lo hago.
Fue así que lo hice y me largué a vivir la vida loca con todo. Y todo lo que había aprendido sobre las mujeres en casi diez años de matrimonio rindió sus frutos. En algo menos de un año seduje y garché a 20 mujeres, prácticamente sin hacer ningún tipo de distinción. Varias de ellas se enamoraron de mí. A algunas incluso las seguí viendo lo suficiente como para que tengamos lo que ellas creían que era "una relación". Un par llegaron a obsesionarse conmigo. Y una logró atraparme.
Supongo que si me atrapó fue porque me dejé, pero también porque ya estaba cansado de andar de aquí para allá inmerso en un mar de conchas (con sus correspondientes líos de conchas, por supuesto). Y ella me dio lo que necesitaba. Contención, confianza, cariño, y una encantadora burbuja de líquido amniótico que me protegía de todo mal hasta que se me curaran las heridas. Nueve meses tardaron en curarse. Estuve con ella un año y medio más.
Es que ella estaba perdidamente enamorada de mí. Y yo no. Esto es una cagada, pero lo cierto es que las mujeres se enamoran de mí, y yo no puedo o no quiero hacer nada para evitarlo. Traté de dejarla una, dos, tres veces, pero no pude. Estaba demasiado cómodo y no tenía alternativas válidas. Así que me quedé con ella. Pero le metí los cuernos. Una, dos, tres veces. Ella me amaba tanto que me perdonó. Pero yo mismo no soportaba la situación. Y la última vez fue definitiva. El motivo es muy sencillo. Me había enamorado.
En resumidas cuentas así llego al día de hoy. Por supuesto, esto es apenas un ligero vistazo sobre mi vida.
Los detalles, de aquí en más.