He escrito mucho menos de lo que querría acá. Pero para desandar el camino hace falta saber donde se está parado. Lo cierto es que hoy tengo que resignarme a ser feliz. Suena cursi e ingenuo y sin embargo es crudo y descarnado. Porque a fuerza de golpes la vida me ha enseñado que la felicidad como estado no existe, que tan sólo hay breves momentos de plenitud que uno tiene que aprovechar porque son finitos, pero por sobre todo efímeros. Y heme aquí, refutando con evidencia este axioma existencial.
Sabido es que el camino es muy duro. Pero con Agustina (a quien adelante llamaré Johanna) entendimos que es posible ser feliz y no sólo estarlo. Lamentablemente son tantos los escollos a superar que uno tiende a olvidarse o hacerse el tonto, y trata por todos los medios de quitarse esa felicidad de encima, por confundirla con ceguera, estupidez o debilidad, o simplemente por tenerle miedo, como se teme ancestralmente a todo aquello que resulta desconocido.
De manera que Johanna y yo a pesar de lo que nos indica toda nuestra experiencia debimos olvidar lo aprendido y resignarnos a ser felices. Y esto que debería ser lo más gratificante del mundo, se puede convertir en un ejercicio tortuoso por obra y gracia de nosotros mismos y de quienes nos rodean.
Dicen que los verdaderos amigos se ven en las malas. Yo creo en cambio que se ven en las buenas. En el fondo es facil apiadarte de alguien que está hundido en sus propias desventuras y sobarle el lomo como a un perro lastimado. Nos hace sentir buenas personas, nos hace creernos generosos y desinteresados y por sobre todo nos hace ver que tan mal no estamos, que siempre hay un infeliz por debajo. Pero cuando vemos a ese infeliz levantarse, cuando presenciamos su despertar hasta ponerse por encima de nosotros mismos, ¿somos lo suficientemente generosos y desinteresados como para bancárnoslo? ¿Podemos soportar que un alma en desgracia se ilumine cual patito feo mientras nosotros permanecemos en la sombra? Es mucho más fácil ser compañero de desgracias que testigo de alegrías.
De todo esto nos tuvimos que hacer carne de la única manera posible: viviéndolo. Hoy somos más fuertes y estamos más golpeados, pero al final, contra el mundo y contra nuestras propias naturalezas, nos estamos dando cuenta de que no hay otra, que por mucho que nos resistamos estamos condenados y que necesariamente deberemos resignarnos a ser felices.
Y los demás que se vayan a la puta que los parió.